“El húngaro, el vitreaux y yo” por Enrique Germán Martínez marino poeta

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Debido a los numerosos comentarios recibidos acerca de mi foto de perfil contra este vitral, les cuento la historia, donde se dan la mano un húngaro y su leyenda, mi tío y el vitral…

Ese vitreaux está en el bar confitería Soraya -Av. Cabildo 739, entre Olleros y Federico Lacroze.

Hasta el año 1979 era un comercio con una casa al fondo; el vitreaux separaba el patio de la casa de lo que era el local comercial.

El fondo de comercio era la “Zapatería Scarzella”, propiedad nada menos que de mi tío abuelo y padrino, -Domingo Scarzella- él trabajaba en su comercio y vivía al fondo con la familia.

En 1963 yo tenía 12 años, e ingrese al Liceo Naval Almirante Brown. Como mis padres vivían en Mar del Plata, le pidieron a mi padrino (tío de mi padre) que me bancara los fines de semana que “mingo” (un divino), ¡accedió encantado!

Por eso es que durante un año todos los fines de semana viví en esa casa/zapatería, hoy bar Soraya. y el vitreaux que separaba el comercio de la casa era como una frontera hermosa entre la vida y los sueños. Entre la comida sabrosa de Tita, su mujer, y las madrugadas de regreso al liceo con frío, sueño, y por qué no, mas disciplina de la que hoy aceptaría.

Era además una frontera venerada porque se contaba la historia de un artesano húngaro que llegó con un poco de ropa y una moneda inservible, y decían que era el que manejaba el Cadillac rojo que todas las mañanas se dirigía a una vidriería de Barracas.

El pelotazo que no fue, gracias al hado del cristal no rompió el vidrio pero dicen que lo clientes en el local se alborotaron muchísimo.

Desde hace un año vivo a una cuadra y media de ese bar y es mi segundo living.

“Mingo, donde quiera que estés espero que te acompañe la buena racha de tu vida comercial y te hayas hecho amigo de varias manzanas a la redonda, igual que en el barrio de Belgrano. Gracias por haber sido un padrino cariñoso y generoso y no me jodas más con el vitreaux, porque nunca le pegue un pelotazo como me buchoneó tu hijo.

Gracias por todos los pares de zapatos que me regalaste, y los que te usé de los que guardabas en el sótano. Ya te lo habrá botoneado esos rubios grandotes con alas de plumas. Pero ¿Te dijeron que después que los usaba el empleado -ese viejito- que tenías los restauraba a nuevo? en todo caso hablalo con él.
Pero ¿perdoname, si?
¿Te acordás que contento te ponías cuando salíamos juntos y yo iba con uniforme?
Tenía doce años….
Te quiero muchísimo.”

Tu ahijado Enrique.

 

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